La virginidad por 13 dólares PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Laritza Diversent   
Lunes 08 de Febrero de 2010 13:10

La_virginidad_por_13_dolaresSe paró frente a un sucio portal cercano al céntrico y decadente Mercado de Cuatro Caminos. Clavó su mirada en un par de zapatos blancos de mujer, desgastados por el uso y el tiempo. La curiosidad animaba su pensamiento: “ ¿Cuánto querrá el viejito por ellos? Aparte de anticuados, de una sola puesta se acabarían de romper. Seguro quiere cinco pesos, para comprar cigarros o ron…”

Así pensaba Sonia, 18 años, mientras paseaba por la siempre concurrida calle Monte. Hacía apenas una semanas había llegado de Yateras, un poblado perdido en la intrincada geografía de Guantánamo, a mil kilómetros de la capital. Había viajado por problemas médicos, pero el esplendor sin brillo de La Habana la tenía deslumbrada. No sentía  deseos de regresar. Estaba dispuesta a encontrar a alguien que le cambiara su monótona existencia.

De pronto sintió un susurro al oído. Un elogio con acento extranjero la sacó de sus pensamientos. Le habían advertido de los turistas que acechaban a sus presas en plena calle. Intentó ignorar los galanteos y seguir caminando. Decidió responder con rápidas y sencillas respuestas las preguntas que su interlocutor le hacía.

Cuando reaccionó, ya estaba sentada en el asiento trasero de un coche ruso Moscovich Aleco, que le produjo ciertas dudas acerca de la solvencia económica de su inesperado pretendiente. A su mente llegaron concepciones ético morales, que pronto desaparecieron cuando supo que se llamaba Stefano y era italiano.

Aquellas palabras calmaron sus inquietudes, a la par que sentía la proximidad de su cuerpo mientras la envolvía en sus brazos. Los labios ruborizados de Sonia, respondieron con recelo al beso escurridizo y sorpresivo que él le diera. Iba muy rápido y eso no le gustaba. Pero había decidido montarse en el tren y asumir las consecuencias.

Menos de 10 minutos les tomó llegar hasta el hotel Habana Libre. El pánico la invadía. Sobre su cuerpo pesaban las miradas de los transeúntes, con aquellas sonrisas que parecían decirle “Vaya, lo atrapaste”. La juzgaban como si fuera una vulgar jinetera. Estaba molesta, pero debía arriesgarse y pensar solamente en ella y su futuro.

Stefano la tomó con tal naturalidad de la mano que parecía tenían una relación de años. Entraron juntos a la cafetería del hotel, donde nunca antes había estado. Los nervios no la dejaban actuar con naturalidad, temía hacer el ridículo. Sus pies bajo la mesa no dejaban de moverse. No quiso comer nada, aunque estaba con el estómago vacío desde la noche anterior. Sólo le reconfortaba la idea de que Dios estuviera escuchando sus plegarias.

Caminaron tomados de la mano por la calle L hasta 19. Entraron en una casona de grandes columnas y ventanales de cristal. Una señora la acompañó hasta una confortable habitación. Él demoró cinco intensos minutos en llegar. Sonia se sentía culpable, estaba traicionando sus principios. Pero no debía pensar, era su oportunidad  de cambio.

Stefano entró. Su rostro ya no mostraba la dulzura de antes, cuando en el auto le acariciaba las mejillas, resaltando su belleza y el intenso color café de sus rasgados ojos. Sin preámbulos le exigió tomar un baño caliente. Desorientada, Sonia obedeció el mandato sin reflexionar. Se sentía rara, era difícil mostrarse apacible frente a aquella mirada que escudriñaba cada centímetro de su cuerpo mientras se desvestía. Ni sus desgastados blúmers (bragas) escaparon de la inspección.

Estaba desnuda frente a unos ojos desconocidos que la ruborizaban de pies a cabeza, sin despertarle el menor deseo. La obligó a lavar tres veces sus partes íntimas. Luego la acostó en el centro de la cama, la observó libidinosamente sin piedad y se abalanzó sobre ella.

No sirvió de nada que intentara contener sus instintos sádicos, la dominó completamente, apretó sus carnes, laceró su orgullo, penetró su virginidad. Un preservativo contuvo la fluida ira de su minúsculo cuerpo. Todo fue rápido, violento y silencioso. Un número telefónico y 13 dólares fue la despedida.

Incrédula daba pequeños pasos. Su cuerpo aún no se alineaba con su mente. Con los 13 dólares, en una tienda cercana, compró ropa interior para lucir en su próxima cita. Tenía la esperanza de mejorar económicamente, y tal vez, escapar de su derruído país.

Al día siguiente intentó comunicarse con el italiano. Le dijeron que él estaría tres días en Varadero. Al tercer día, decidió  sorprenderlo. Se apareció sin avisar en la casona de la calle 19. Allí lo vio. Estaba con su esposa, una cubana celosa que no debía saber de su presencia. Se percató al instante. Había perdido. Aquella historia, que no había llegado a comenzar, ya había terminado para ella.

Frustrados sus planes, le faltaba valor para mirarse al espejo. Su imagen la asqueaba, no podía reconocerse. Cerraba los ojos y vivía nuevamente cada una de las escenas. No podía creer que había entregado tanto en tan poco tiempo y por tan poco dinero. A un desconocido de 45 años y mediana estatura. Sólo porque era italiano.

Un dolor ilocalizable, como una herida imperceptible, le cortaba la respiración. Ahogaba en llanto su pena. Sufría en silencio. Quería gritar y encontrar un hombro donde apoyarse. Pero la vergüenza de una confesión la hizo mantenerse sola y callada. Recordó el portal sucio de la calle Monte. Las miradas prejuiciadas que la juzgaban, de la misma manera que ella sentenció el destino de aquellos zapatos marcados por el tiempo. Sintió el mismo abandono y suciedad.

Hasta que comprendió que Dios no le cambia la vida a nadie en unas horas. Eufórica, se levantó y se vistió.

Volvió sobre sus pasos al portal cercano al Mercado de Cuatro Caminos. Se paró justo delante de ellos. Todavía estaban allí, al lado de su indigente vendedor. Como detenidos en el tiempo, ella y los zapatos blancos esperaban que alguien apareciera. Y les diera la oportunidad de cambiar su destino.

Laritza Diversent

 
La poesía es mejor que el agua PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Raul Rivero   
Lunes 08 de Febrero de 2010 12:19

carreta_literaria_450

Martín Murillo vendía agua fresca para bajar el vapor de las calles de Cartagena de Indias. Ahora, le presta libros a los transeúntes. Empuja un carro de dos ruedas (pintado de verde chillón y amarillo mate) de un sitio a otro de la ciudad, hasta que se detiene entre los bancos del parque Bolívar, donde lo espera una clientela fija de estudiantes, desempleados, aves sin rumbo, policías, amas de casa y oficinistas.

El hombre, un mulato elástico de 40 años, es un promotor cultural nato. Sale de su casa y va directo a la cerca del patio de la cárcel de mujeres. Allí, me dijo, lo que tiene mayor demanda son las novelas románticas, los dramas de amor, las historias de fracasos y abandono.

Deja prestados tres o cuatro libros y sigue para el parque que es su centro natural de trabajo. Por el camino puede abordarlo alguien para pedirle algo de poesía o de literatura colombiana. Puede ser que se le acerque un escritor o una profesora para donar una obra.

El carro de Murillo tiene un letrero que anuncia el nombre de su proyecto: La Carreta Literaria.

A este cartagenero despierto y amante de la literatura lo patrocinan la Fundación del Nuevo Periodismo y otras instituciones de la ciudad. Es un tipo fácil, abierto, educado. Sólo estudió hasta el quinto grado de primaria y batalla por mejorar su estilo y su ortografía aunque confiesa que lee mucho por el placer de conocer otras vidas.

Tiene su filosofía privada sobre el arte de prestar libros y mantener buenas relaciones con los lectores. «Nunca se puede exigir al lector», ha escrito, «que regrese el libro en un plazo de tiempo determinado. El bibliotecario o el promotor tienen que gozar de total autonomía para aplicar los programas y así se lo deben hacer saber a sus superiores, por que sin autonomía no funciona ningún proyecto de promoción de lectura, y además se pueden volver fastidiosos con los lectores y eso actúa como un bumerán en contra de la lectura».

Cartagena lo conoce y lo quiere. Me contó que en una de las visitas de Bill Clinton a la ciudad él pudo saludarlo cuando el ex presidente norteamericano pasó cerca. Quería que el visitante viera su Carreta Literaria y alcanzó a decirle: «¿Qué tal, Bill?». Pero la comitiva siguió de largo.

Dice que Gabriel García Márquez, que lleva un tiempo ahora en su casa frente al mar de Cartagena, no ha visto su biblioteca ambulante. «Pero el Gabo sabe que yo existo y que tengo este proyecto y eso tiene que gustarle», me dijo Murillo a la sombra de una arboleda.

Hoy estará otra vez cerca de la cárcel de mujeres y en el parque Bolívar con su carreta por si alguien necesita un poema para la sal del día o un novelón para llorar a gusto.

Raúl Rivero

 
Guardianes de la virginidad PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por WebMidia   
Domingo 07 de Febrero de 2010 13:00

Guardianes_de_la_virginidadResulta preocupante la proliferación de los vigilantes de los Cuerpos de vigilancia Popular (CVP) en el país, mientras no hay quien pinte una pared y se multiplican los robos. Los puedes ver en cualquier sitio de la nación, más gordos que la Gran Piedra santiaguera, cuidando diez ladrillos, la cisterna sin agua de un círculo infantil, un cine clausurado, las telarañas de una fábrica de zapatos ortopédicos, o un campo de lechuga

Sin embargo, a estos guardianes les roban contenedores del tamaño de un edificio delante de sus narices, y ellos tan campantes, tan apegados a su iPod que puede repetirse el desembarco de Normandía debajo de sus asientos, sin que ellos se enteren. Es tal su ensimismamiento y sus ganas de no trabajar (vigilan un día sí y dos no) que llegan tarde cuando van, y a veces faltan porque anunciaron que en el mes que corre no serán estimulados con champú y pollo.

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A caballo todavía PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Raul Rivero   
Domingo 07 de Febrero de 2010 11:52

A_caballo_todava_VicenteFernandez

Para que la ranchera mexicana permanezca pura y millones de personas en América Latina vivan y mueran con la certeza de que nadie puede cambiar esa música ni alterar la estructura de los mariachis, canta en México todos los días un hombre que se llama Vicente Fernández. Tiene 70 años y no se quiere bajar del caballo.

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Que no se muera el hijo de Reina Luisa! PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Tania Quintero   
Sábado 06 de Febrero de 2010 15:07

Reina_Luisa

El 11 enero de 2007, a los 50 años, falleció Miguel Valdés Tamayo, uno de los presos políticos de la Causa de los 75. Debido a su grave estado de salud, le concedieron una licencia extrapenal. Para que no se les muriera en la cárcel. Ahora está a punto de morir Orlando Zapata Tamayo. No sé si Miguel y Orlando, por el segundo apellido estaban emparentados. Pero de los dos puedo decir lo mismo: negros, valientes e indoblegables.

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Entre el creole y el periódico Granma PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Laritza Diversent   
Viernes 05 de Febrero de 2010 09:59

ideologia1

Pedro Poul, 69 años, un negro de 6 pies, desgarbado y calvo, habla con dificultad el creole. Aun así, cierra los ojos y susurra una oración religiosa. Se la enseñó su padre, quien también le contaba con  voz entrecortada la vida de su familia miserable y hambrienta que vegetaban en polvorientas ciudadelas de Puerto Príncipe. Ahora, con sus ojos miopes observa  consternado por  la tele las imágenes de la arrasada capital haitiana.

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Un gigoló cubano PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Ivan Garcia   
Jueves 04 de Febrero de 2010 10:28

Un_gigolo_cubanoSe llama Carlos y se da un aire a Antonio Banderas. Nació hace 24 años en un caserío del central azucarero Venezuela, en la provincia de Ciego de Ávila, a casi 600 kilómetros de La Habana.  Le gusta vestir vaqueros Guess bien ajustados, con un cinturón ancho donde resalta una hebilla con un águila imperial, y un pulóver Dolce&Garbana, ceñido, para resaltar sus bíceps pacientemente desarrollados en un gimnasio.

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