| El laberinto de los Castro |
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| Escrito por Ivan Garcia |
| Domingo 22 de Noviembre de 2009 14:06 |
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El prócer venezolano, asaetado por las traiciones y desuniones, murió sin comprender por qué muchos lo odiaban y lo tildaban de dictador. El hombre que liberó a media Sudamérica y fundó el estado de Bolivia, que un dÃa soñó con la conformación de una Confederación similar a la de Estados Unidos, no supo desentrañar los secretos de la alta polÃtica.
 Ciento setenta y nueve años después, algo parecido le debe estar ocurriendo al veterano comandante único Fidel Castro. Hizo una revolución intentando que los humildes vivieran mejor, que Cuba no sólo produjera azúcar de caña y tuviera también grandes fábricas y acerÃas. QuerÃa dejar atrás el subdesarrollo. Con vacas que dieran 100 litros de leche por ordeño y carne en abundancia. En la soledad de las noches, el viejo Fidel bien pudiera preguntarse 'qué salió mal'. Porque la gente de su pueblo no es feliz y a la primera de cambio, huyen al odiado imperio en cualquier cosa que flote sobre el mar. Van al paÃs donde, según él, el hombre es el lobo del hombre, donde existe racismo y los pobres no tienen derecho a ingresar en la universidad o trasplantarse un riñón. El abuelo Castro, luego de la visita de sus nietos, en algún momento de lucidez, mientras dicta sus memorias o alguna delirante reflexión, como Simón BolÃvar, debe estar repleto de dudas. Su hermano, el general Raúl, puesto a dedo por Castro I, cuando su nieto y ayudante personal va a casa, en la tranquilidad nocturna de su habitación, sobrio, sin un sorbo de whisky y después de ducharse, para sus adentros rumiará 'cómo rayo se sale de esta telaraña a la que he dedicado toda mi vida'. Quizá ninguno de los dos tengan respuestas coherentes. Acostumbrados al caudillismo y a dirigir sin escuchar a los otros, las respuestas del comandante y del general se suponen esquivas. Cuando la revolución se despeña a su suerte por un barranco, un anciano enfermo y un militar sin dotes de estadista, titubean y no se deciden a hacer los profundos cambios polÃticos y económicos que podrÃan salvar el paÃs. Y también, por qué no, el proyecto al cual se consagraron durante más de cincuenta años. Si no lo hacen, la historia les pasará factura. Sobre todo al general, quien todavÃa cree posible que un sistema anárquico y disparatado, que acabó con la caña y el azúcar, la principal producción local y ha dejado devastadas las ciudades, como si el fuego de una guerra las hubiese diezmado, sea capaz de poner un vaso de leche, malangas, verduras y carne de res en la mesa de los cubanos. Los temores de Raúl y las dudas de Fidel se sabrán en la posteridad. Historiadores, periodistas y escritores serán los encargados de contar los dÃas finales de una revolución extinguida por la falta de creatividad de sus lÃderes. De veras, no quisiera estar en la piel de los hermanos Castro. Más que un laberinto, están en un pantano. Y profundo. Iván GarcÃa |
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